9 de febrero de 2021
Nadia Riva

Non-più-Nadia (en memoria de Nadia Riva)

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Otra dimensión. Buscando una imagen de cómo me siento tras conocer la repentina muerte de Nadia Riva, me vienen a la mente dos: una especie de abismoen el patio de la barandilla de Via Col di Lana, en Milán, donde vivía. Como si hubiera caído un meteorito, nada menos. Y entonces siento que he entrado en el dimensión de no-plus-Nadia, dimensión de la que actualmente entiendo muy poco.

Nadia's Hablo desde la barreraDesde luego, soy el último en tener derecho a ello. Pero nos hemos amado inconscientemente. No tengo ningún título particular que decir de ella, sin que esté aquí para vigilar con su leonina e intolerable arrogancia todo lo que pienso, digo y escribo. Su control siempre ha sido absoluto e incuestionable. No estoy entre los que han compartido con ella que todo lo que exigía a las demás: el feminismo integral como comunidad de vida, de experiencias, de intenciones, ese estar entre mujeres que era toda su existencia, al Norte, al Sur, al Este y al Oeste. "Hombres". dijo 'para mí son todos iguales, como los chinos". Sin embargo, de toda mujer, con una sensibilidad que debía dolerle en alguna parte, sabía captar los pliegues más ocultos, cada movimiento sutil y cada grieta.

Lo estábamos, en cierto modo, una pareja extraña. Yo por ella así rectotan amenazante para mí en su caótica e indómita mujer salvaje, en su casa, templo del feminismo, en esa guarida de Sibila con un remolino junto a la cocina donde nos alimentaba a todos en tardes absurdas con improbables platos "diferentes". Yo recomendando: Nadia por favor, nada de mejillones y Nutella o lasaña de algarroba esta noche. Llegaría con salsa de carne, pesto y pan caliente como un ama de casa recto para salvar su vida, a mí y a todos. Si nuestra conversación la aburría -siempre- sus ojos azules desaparecían detrás de unas gafas negras de protesta.

Como muchos, he sido expulsado de su vida en varias ocasiones -la última verdaderamente horrible-. Y luego se le vuelve a meter, y se le vuelve a echar, y se le adora, y se le aniquila, y se le desgarra, y se le cuida con ternura, según los ritmos secretos de su estado de ánimo, inescrutable e incuestionable. Me involucró en hazañas sorprendentes que no siempre llegaba a ninguna parte -tengo en mente absurdos paseos vespertinos con ella y su amiga Gretel en busca de cortijos en el interior del país en los que instalar quién sabe qué-. Y luego otras hazañas más íntimas y conmovedoras, como cuando no pudo despedirse de su querido chow-chow Omar, con sus grandes manos temblando, un niño perdido.

Estábamos hermanas misteriosas y sigo sin entender por qué. Fue ingenioso, ingenioso, totalmente libre y ajeno a todo corrección. Nos insultábamos en milanés. Solía despertarme en mitad de la noche porque se le iba el dedo en el móvil y antes de las 5 no se iba a la cama (yo llevaba un buen rato durmiendo). Por razones que no puedo revelar, solíamos seguir de cerca las vicisitudes de la familia monegasca, Caroline, Charlotte y todas las demás (esto seguirá siendo un secreto entre nosotros). Me invitó al Cicip coordinar debates absurdos entre candidatos electorales absurdos (de ese lugar encantado, del Cip, de ese mágico, suspendido el tiempo dirá otros). Hizo un gesto con su muleta para darme el tiempo adecuado. Exigió mis libros autografiados, pero puedo asegurar que nunca abrió ninguno. Le enseñé Facebook aunque al principio no quería.

Hablamos mucho de los animales. Me enviaba a casa películas de vacas besando zorros como estees la última que me envió hace unos días, antes de huir de todos. De nativos con ponchos de colores. Solía traerme rodajas de exquisito queso dop quartirolo. Nunca quiso decirme la edad que tenía. Estaba muy preocupado por este tránsito de Júpiter y Saturno frente a su Sol natal, y aparentemente tenía razón en preocuparse. Se ha pasado el último mes diciéndome, entre discusiones, que me quería, y me lo ha dicho demasiadas veces, debería haber sospechado. También me decía que tenía fluctuaciones de la presión arterial. Me gustaría tener sus cuadernos llenos de orejas y huellas, me dijo que estaba escribiendo un musical. Me gustaría tener uno de esos miles de millones de pequeños objetos absurdos con los que había construido el increíble desorden de su casa. Ese dinosaurio autopropulsado, por ejemplo. Tengo aquí un oso gigante de peluche que me regaló para un cumpleaños. Me obligó a discutir el Gran Hermano VIP, dijo que allí había autoconciencia femenina, no se perdió ningún episodio.

Me hizo reír, y durante un tiempo también morir de dolor, con una determinación despiadada. No puedo decir por qué éramos tan amigos. Todo giraba en torno a ella, nosotros los satélites y ella el Sol solemnemente inmóvil. Criatura mitológica. Un torbellino de amigos, empleadas domésticas, asistentes, camareros del restaurante del piso de abajo, proveedores de comestibles e incluso enfermeras subían todos los días al primer piso de Via Col di Lana para atender su salud, más bien precaria.

No sé cómo será la no-plus-Nadia, aquí hay que reinventar todo y yo también tendré que inventar eso, será una bonita pieza del conjunto. Nos dio la espalda, como en la imagen -me lo envió hace apenas un mes- y se fue. Tenías un pelo muy bonito, te había crecido mucho. Incluso ahí: algo que quizás debería haber entendido. No podía ser de otra manera con ella, deberíamos haberlo sabido, pero fue peor de lo que sabíamos. No nos dio tiempo a hacer nada, a decir nada, no sé: te traigo un pijama, un libro, cualquier tontería, ¿qué pasa? ¿Te sientes mal? Una llamada telefónica. Un mensaje de texto. Te tomaré de la mano un minuto. Nada. 4-5 días sin saber de nosotros, y nos vamos. Ella decidió, como siempre. Ese maldito orgullo.

Adiós Nadia, entonces. Muy bien. Te saludo aquí, donde me prometiste que tarde o temprano escribirías algo.

Marina Terragni

Un saludo a Nadia, para quienes lo deseen, a partir de las 10 horas del viernes 12, H San Giuseppe, via San Vittore 12 - Milán (MM S.Ambrogio)


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