15 de febrero de 2021

Feminofobia: nueva palabra, viejo miedo

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Uno de los logros de las mujeres en los últimos años es haber conseguido por fin que la violencia contra ellas, esa que vemos y nos cuentan tristemente en las noticias diarias, la de su asesinato por parte de compañeros, maridos, padres y hermanos, sea reconocida bajo el nombre de feminicidio.  

El feminicidio proviene precisamente de la idea cultural de que todos los hombres están convencidos desde tiempos inmemoriales, que la mujer no es más que una hembra ( etimología: de transbordadores, enfermería) cuya única vocación es la de cuidar con total abnegación. stessa

Ahora, sin embargo, las democracias occidentales y el sistema capitalista contemporáneo, cuyo grado de desarrollo se evalúa en la afirmación de más y más derechos individuales y que han hecho de la libertad su bandera, no podían dejar de reconocer a las mujeres del "primer" mundo el estatus de autodeterminación y libertad reclamado por el movimiento de mujeres en los años 70.

Sin embargo, esto desencadenó una exige más y más derechos a todo el mundo creando una curiosa paradoja: la de dictadura de las minorías. Frente a una lista creciente de derechos reclamados por muchos, ¿cuál es la respuesta?

En la lógica que cada deseo aumenta la demanda del mercado y, por tanto, el PIBla propuesta que se nos hizo fue la de encubrir las prácticas más abyectas que, sin embargo, hacen circular el dinero con un falsa e hipócrita narrativa del amor y en detrimento del sexo biológico que nos califica.

La la gestación subrogada, el trabajo sexual y el derecho a ser lo que sentimos internamente independientemente de nuestro génerose conviertan en las formas y ejercicios contemporáneos de libre elección y autodeterminación y las mujeres deberíamos alegrarnos de la idea de que por fin el mercado reconoce a nuestros cuerpos el valor monetario de la reproducción, a nuestro ser de mujeres el valor monetario de la concesión del placer sexual  y nos alegramos de renegar de nuestro sexo como un acto de extrema liberación.

La madre subrogada autodeterminada y consciente renuncia libremente a (no es un juego de palabras) de ser dueña de su cuerpo y del fruto de su vientre, porque al firmar el contrato delega las decisiones sobre su cuerpo en un tercero, los padres comisionistas, a los que hoy se refiere con el término más edulcorado de padres intencionales.

Lo mismo ocurre con la prostitución, hoy denominada trabajo sexual, en la que la mujer a cambio de dinero renuncia a su placer y lo nombra porque se ha comprometido a reconocer sólo el del cliente.

La libertad se convierte en un producto comercializable: los que tienen dinero la compran, los que no tienen pueden vender la suya. 

En el fondo lo que hace posible todo esto es la ila deología transhumanista. Nacido ya en el siglo pasado, hoy impregna nuestra cultura a través de una narrativa que hace que el ser humano seres neutrales. Poco importa en qué cuerpos estemos encarnados, somos seres fluidos en los que las piezas de repuesto del cuerpo-máquina se convierten en mercancías al servicio de los ilimitados deseos individuales. 

Se abre un enorme mercado, el de los cuerpos de la narrativa de más y más derechos para los todo.  

 Y al final siempre vuelve ahí: las mujeres si no te lo dan hay que matarlas, si te lo dan muy fácilmente hay que violarlas, si no te dan un hijo son unas zorras, si no se sacrifican para dar uno a una pareja gay son unas excluyentes, si no se lo dan a otra mujer que no tiene útero son unas egoístas, si dicen que las mujeres trans son transexuales son transofóbicas, si dicen que vender el placer sexual es violencia son moralistas, si se atreven a decir que no es libertad vender sus cuerpos son estúpidas.  

En pocas palabras: lo que se nos propone como progreso  Vuelve a colocar a las mujeres en la posición de ser sólo mujeres. De guardianes del hogar hemos pasado a guardianes de la estrechez social. 

La liberación concierne a todos y a todas, pero se basa en el borrado del género femenino. 

Habiendo obtenido diferenciando la palabra asesinato de la palabra feminicidio con la intención de hacer evidente la raíz cultural patriarcal ligada al asesinato de mujeres no se ha abierto, sin embargo, a una reflexión más amplia sobre todas aquellas palabras como homofobia, homotransfobia, que también incluyen al género femenino pero borran su sexo al no nombrarlo.

Cada año, el 6 de febrero se celebra el Día Internacional de la Mutilación Genital. Esta aberrante práctica pone de manifiesto la profundidad de la miedo que el sistema patriarcal tiene a las mujeres y a su sexo.  El sexo femenino, y por sexo me refiero a sus genitales, cuando se abre en la pubertad debe ser mantenido bajo control, debe ser protocollarizado, debe ser abordado en un género preciso, este es desgraciadamente el mínimo común denominador que une a todas las tradiciones. Sobre nuestro sexo biológico, sobre nuestro sangrado una vez al mes, sobre el placer encerrado incluso en el clítoris, se ha construido el implante opresivo del patriarcado.

Si, por tanto, la palabra feminicidio pone de manifiesto la raíz patriarcal de la violencia ejercida sobre las mujeres, las compañeras, las madres, las hermanas (hombres que matan a las féminas porque no soportan que sean mujeres) quizás deberíamos empezar a trabajar para que se convierta en una palabra reconocida en la sociedad también  feminofobia,  un mecanismo perverso de nuestro sistema cultural que borra nuestro género, nuestro ser femenino, porque no soporta que seamos mujeres. 

Maquillaje Roberta


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